Educar la respiración

El proceso respiratorio tiene dos vertientes.  Por una parte se da de manera automática, como proceso involuntario cuya función es asegurar la vida, y por otra parte de manera voluntaria y consciente, cuando decidimos intervenir para obtener algún resultado específico, bien sea algo tan común como intentar relajarnos después de hacer ejercicio o con otros objetivos como cambiar nuestro estado mental o nuestra conciencia.

En cualquier caso una adecuada respiración asegura nuestro bienestar.  El hecho de que se haga involuntaria o voluntariamente no necesariamente implica que se haga de manera adecuada.  A veces nos encontramos respirando de manera automática pero superficial o agitadamente, o intentamos intervenir en la respiración y conseguimos más tensión de la que inicialmente había.  Todo es cuestión de ir entrenando la respiración.

Educar la respiración es evidentemente un acto voluntario, pero si se orienta bien, se irán creando hábitos, buenos hábitos respiratorios que el cuerpo tenderá a repetir cuando se tenga que encargar del proceso sin  nuestra intervención consciente.

El primer paso es observar cómo respiramos, y sobre todo cómo nos sentimos al respirar de cierta manera.  La relación entre emociones y respiración es más que evidente.  Un cambio emocional implica un cambio respiratorio.  Por otra parte la relación entre pensamientos y emociones es también evidente.  Así, un cambio de actitud mental implica un cambio a nivel emocional y viceversa, lo cual necesariamente modifica la respiración.  Esto nos lleva a la conclusión de que si hay un vínculo claro entre respiración, emociones y pensamientos, modificar uno de estos tres factores supone modificar los otros dos.

El siguiente paso después de haber observado nuestra respiración  y el estado mental-emocional asociado a ella, es conocer el proceso respiratorio para definir dónde podemos intervenir.  Nos va a resultar especialmente útil conocer  cómo funciona nuestro diafragma, ese gran músculo que se encarga de llenar y vaciar los pulmones de aire, pues no sólo es el músculo principal de la respiración, sino que además podemos intervenir voluntaria y conscientemente en su movimiento.  Trabajar con el diafragma nos permitirá ir educando nuestra respiración, para hacerla más amplia, más profunda, para limpiar mejor los pulmones de aire residual, para modificar nuestro estado emocional cuando seamos presas de una gran tensión o cuando nos falte energía.

Para empezar, localiza tu diafragma.  Posa una mano entre tu pecho y tu estómago y respira.  Observa como se mueve tu mano sutilmente.  No intervengas en la respiración, pero visualiza tu diafragma moviéndose con cada inhalación y exhalación.  Ve reconociendo cómo el diafragma al contraerse empuja a los pulmones hacia arriba ayudando a expulsar el aire y cómo al extenderse “tira” de los pulmones hacia abajo haciendo que el aire entre a éstos.  Si mantienes la observación durante unos días, casi sin darte cuenta mejorará tu respiración diafragmática por el simple hecho de hacerte consciente de ella.

El siguiente video te ayudará a visualizar el movimiento del diafragma.

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